martes 21 de septiembre de 2010

Cuando era pequeña envidiaba a los niños a los que sus madres peinaban con colonia. A las mujeres  que a las nueve de la mañana se limitaban a sacudir alfombras por la ventana de sus casas, mientras yo las observaba desde clase.  Al hombre que en el telecupón era capaz de decir cifras que a mi me parecían kilométricas, cuando yo, apenas era capaz de contar hasta cien. El paso del tiempo, sin embargo, me ha otorgado otra perspectiva de las cosas y ahora ya las veo distintas. Y he dejado atrás la envidia, claro. Sobretodo teniendo en cuenta que los niños Nenuco deben haberse convertido en jóvenes calvos resentidos con sus madres y abuelas, las amas (esclavas) de casa, seguramente sigan siéndolo y pasen sus dias observando con envdidia a los niños que en el edificio de en frente estudian para elegir un futuro (aunque sea mentira), y el señor del telecupón, en fin, si sigue vivo, debe ver más bien poco. Pero eso es lo de menos. Lo importante es ser consciente del hecho de que, en realidad, no había nada que envidiar. Nunca lo hubo, y nunca lo habrá.

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