Mi madre se ha dejado las pinzas de depilar encima de la barandilla de la escalera. Ahora cualquiera que suba va a preguntarse qué hacen ahí. Y va a encontrar su respuesta imaginando a mi madre –porque a mi ni de coña- sentada en el pasillo, rodeada de cuadros horrorosos (que ella misma ha escogido), sacando, uno a uno, los pocos pelos que aún le salen, de vez en cuando, en las piernas. La imaginará -en nignún caso en plan porno- con la bata abierta, los calcetines de media color carne bajados y unas zapatillas de leopardo sucio, medio fuera medio dentro de sus pequeños pies de elfo (o de china). Creará en su cabeza una imagen de mi madre, la mujer que me dio a luz, espatarrada, arrancando con indiferencia los pequeños filamentos oscuros (por no volver a escribir pelos) que brotan cual yerbajo rebelde de los folículos pilosos de sus siempre bronceadas piernas. Ese alguien, no imaginará un ¡ay! O un ¡ouch! -para los más internacionales- acompañando a cada pelo arrancado. Quén quiera que suba sabrá, al igual que sabe el resto del mundo, que mi madre, y cualquier mujer de su edad, está ya más que acostumbrada. A estirar, a arrancar; a sufrir. Acostumbrada al dolor.
flashback:
- Au! Me haces hecho daño
- Tienes enredos.
- AAAuu. Para.
- Para presumir hay que sufrir, hija.
- Pues presume tu, madre. Cuando sea grande, no pienso peinarme
Y ¿qué pasará? Que se equivocará. Quien quiera que suba por esas escaleras, que, como el resto del mundo, ya sabe que hay una edad a la que una ya está acostumbrada al dolor, y deduzca que esas pinzas están ahí porque han sido utilizadas ahí, se equivocará. Del todo. Porque mi madre no se depila en el pasillo. Habría que pasar el aspirador después. Y no. Con el ruido insoportable que hace el trasto ese. Qué odioso es, y qué asco le tengo. Ojjj. No. Se depila en la terraza,(gracias a algún dios) que es mucho más práctico. Estirada. Al sol. Que no solo calienta sino que también da muy buena luz. Además, de esta forma, una puede adquirir un estupendo bronceado - y un estupendo cáncer, si esta una se pasa- mientras se depila. Y no hay que pasar aspiradores luego. Lo recuerdo. De aspiradores nada. Muerte a ellos. Por eso siempre lo hace allí. De hecho, creo que es lo único que le interesa. El bronceado. Lo de las pinzas, y los pelos, y la indiferencia ante la extracción pilífera, es un mero pasatiempo con el que se entretiene mientras. Puede que ni siquiera se arranque pelos y solo lo haga ver. Seguro. Sea como sea, para ella no sol sin pinzas, ni pinzas sin sol. Es su ritual. El mio es imaginar lo que pasa mientras lo lleva a cabo.
El otro dia imaginé que un adolescente salía a fumarse un cigarrillo a escondidas de su madre, que era enfermera, y había visto de todo, al balcón que está situado a la izquierda (o a la derecha, no lo tengo claro) de mi terraza, y al mirar hacia su izquierda, (o derecha, sigo sin tenerlo claro) descubría la bonita estampa: a mi madre, a sus pinzas, y al sucio leopardo, y perdía, por un momento, la fe en la juventud y las ganas de vivir. Días más tarde, esa imagen le sobrevenía sin que se lo esperara mientras se disponía a follar, -aunque delante de ella dijera “hacer el amor”- por primera vez, con la que desde hacía tres meses era su novia. Pero no fue capaz. Las pinzas, los pelos, el leopardo. No pudo. Me imaginé, entonces, lo insegura que se sintió la novia antes la falta de excitación de su novio. Sin. tener la más remota idea de que es lo que no le gustaba de ella, y de si realmente había dejado de gustarle ahora o nunca había llegado a hacerlo. La imaginé dos años después acudiendo a su primera cita en la clínica de cirugía estética en la que aumentarían tres veces su talla de pecho. Imaginé también al médico que llevaría a cabo la operación de aumento de autocompasión. Digo de pecho. Explicándole como iba a ir. Marcándole los senos con un rotulador. Indicándole el lugar exacto en el que los chicos fijarían su mirada. Explicándole cuales eran las opciones. Los riesgos. Lo imaginé hablandóle de todo eso y pensando únicamente en el regalo que iba a hacerle a su amante con el dinero que le proporcionara esa operación. Imaginé a la amante, pelirroja, alta, artificial, pensando en su otro amante y en la perfección de sus facciones mientras hacía el amor con el cirujano en la consulta, minutos después de que la chica que aumentaría tres veces su talla de autoestima se fuera. Y a ese otro amante, lo imaginé encerrado en su lavabo de baldosas azuladas, desnudo, intentando no tener una erección al ver su cara reflejada en el espejo, dispuesto, como lo está un soldado a punto de atacar al enemigo, a arrancarse, aunque luego fuese a negarlo, los cuatro pelos del entrecejo. Y lo haría con unas pinzas que, sorpresa, sorpresa, no es que se parecieran o fueran iguales que las de mi madre, sino que lo eran. Las mismas. Lo que imaginé fue ni más ni menos que el ciclo de la vida (ciclo sin fin, para los latinos), del que nos hablaba el Rey León.
flashback:
- Au! Me haces hecho daño
- Tienes enredos.
- AAAuu. Para.
- Para presumir hay que sufrir, hija.
- Pues presume tu, madre. Cuando sea grande, no pienso peinarme
Y ¿qué pasará? Que se equivocará. Quien quiera que suba por esas escaleras, que, como el resto del mundo, ya sabe que hay una edad a la que una ya está acostumbrada al dolor, y deduzca que esas pinzas están ahí porque han sido utilizadas ahí, se equivocará. Del todo. Porque mi madre no se depila en el pasillo. Habría que pasar el aspirador después. Y no. Con el ruido insoportable que hace el trasto ese. Qué odioso es, y qué asco le tengo. Ojjj. No. Se depila en la terraza,(gracias a algún dios) que es mucho más práctico. Estirada. Al sol. Que no solo calienta sino que también da muy buena luz. Además, de esta forma, una puede adquirir un estupendo bronceado - y un estupendo cáncer, si esta una se pasa- mientras se depila. Y no hay que pasar aspiradores luego. Lo recuerdo. De aspiradores nada. Muerte a ellos. Por eso siempre lo hace allí. De hecho, creo que es lo único que le interesa. El bronceado. Lo de las pinzas, y los pelos, y la indiferencia ante la extracción pilífera, es un mero pasatiempo con el que se entretiene mientras. Puede que ni siquiera se arranque pelos y solo lo haga ver. Seguro. Sea como sea, para ella no sol sin pinzas, ni pinzas sin sol. Es su ritual. El mio es imaginar lo que pasa mientras lo lleva a cabo.
El otro dia imaginé que un adolescente salía a fumarse un cigarrillo a escondidas de su madre, que era enfermera, y había visto de todo, al balcón que está situado a la izquierda (o a la derecha, no lo tengo claro) de mi terraza, y al mirar hacia su izquierda, (o derecha, sigo sin tenerlo claro) descubría la bonita estampa: a mi madre, a sus pinzas, y al sucio leopardo, y perdía, por un momento, la fe en la juventud y las ganas de vivir. Días más tarde, esa imagen le sobrevenía sin que se lo esperara mientras se disponía a follar, -aunque delante de ella dijera “hacer el amor”- por primera vez, con la que desde hacía tres meses era su novia. Pero no fue capaz. Las pinzas, los pelos, el leopardo. No pudo. Me imaginé, entonces, lo insegura que se sintió la novia antes la falta de excitación de su novio. Sin. tener la más remota idea de que es lo que no le gustaba de ella, y de si realmente había dejado de gustarle ahora o nunca había llegado a hacerlo. La imaginé dos años después acudiendo a su primera cita en la clínica de cirugía estética en la que aumentarían tres veces su talla de pecho. Imaginé también al médico que llevaría a cabo la operación de aumento de autocompasión. Digo de pecho. Explicándole como iba a ir. Marcándole los senos con un rotulador. Indicándole el lugar exacto en el que los chicos fijarían su mirada. Explicándole cuales eran las opciones. Los riesgos. Lo imaginé hablandóle de todo eso y pensando únicamente en el regalo que iba a hacerle a su amante con el dinero que le proporcionara esa operación. Imaginé a la amante, pelirroja, alta, artificial, pensando en su otro amante y en la perfección de sus facciones mientras hacía el amor con el cirujano en la consulta, minutos después de que la chica que aumentaría tres veces su talla de autoestima se fuera. Y a ese otro amante, lo imaginé encerrado en su lavabo de baldosas azuladas, desnudo, intentando no tener una erección al ver su cara reflejada en el espejo, dispuesto, como lo está un soldado a punto de atacar al enemigo, a arrancarse, aunque luego fuese a negarlo, los cuatro pelos del entrecejo. Y lo haría con unas pinzas que, sorpresa, sorpresa, no es que se parecieran o fueran iguales que las de mi madre, sino que lo eran. Las mismas. Lo que imaginé fue ni más ni menos que el ciclo de la vida (ciclo sin fin, para los latinos), del que nos hablaba el Rey León.
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