Me horroriza pesarme.
No porque tenga miedo de comprobar que, efectivamente, mi revolucionara dieta basada en la ingesta desmesurada de coca-cola, chocolate y fritanga variada, no funciona. Eso no me asusta. De hecho, cuando en un plazo máximo de dos años nos adentremos en una nueva guerra mundial y los alimentos escaseen, agradeceré profundamente esas calorías de más en mi cuerpo.
Lo que me da miedo, es la aterradora pegatina, con dibujo ilustrativo incluido, de mi báscula.
No puedo evitar preguntarme qué clase de historias habrán dado lugar a esa advertencia, cuanta gente habrá resbalado por culpa de una báscula igual o parecida a esta, o cuantos "clack"s, de un cráneo abriéndose en el suelo, habrán tenido que escucharse para que el fabricante se haya visto en la obligación de incorporar una advertencia adhesiva en el frío cristal de su balanza digital de la muerte*.
Miro esa pegatina, y me vienen solas las historias. Y la pobre gente que no tuvo la suerte de contar con una señal adversitoria - palabra que no existe- en su báscula, o de saber que "slippery wet", significa, "te vas a caer y te vas a matar". Y las hostias -a cámara lenta, incluso- que se dieron. Veo el mamporrazo de Alice Jude, una gimnasta de élite que no advirtió el sudor en sus pies y resbaló sin remedio, rompiéndose una de sus piernas y enterrando de por vida su carrera deportiva. La caída de Wendolín, una entrañable y entrada en carnes señora que, después de una purificadora dieta y de dos semanas de hambruna voluntaria, quiso subir a su báscula a comprobar los exitosos resultados de su régimen, pero resbaló con unas gotas de aceite corporal, y se fracturó la cadera, teniendo que permanecer inmóvil durante otras dos semanas, en las que no sólo recuperó todo el peso perdido, sino que nunca más pudo librarse de él. O el porrazo de James Stuart un adolescente canijo con pretensiones vigoréxicas, que, al ver en la pantalla de su báscula los 300 gramos de masa muscular que aquella tarde de gimnasio le había proporcionado, saltó de emoción, y resbaló, -oh, sorpresa- cayendo de espaldas, sin provocarse lesiones, pero llevándose un susto de muerte que relajó su vejiga y liberó el contenido isotónico que luego su madre - Puri, una santa - tuvo que fregar.
*No digital de la muerte. Digital y de la muerte.
Magia a Joaquín Cortés
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